viernes, 16 de mayo de 2014

Thomas Cook y el primer tour operador

El inglés Thomas Cook fue todo un pionero del negocio turístico. A mediados del XIX fundó una pequeña empresa dedicada a organizar viajes, que es considerada la primera agencia de viajes de la historia. Inicialmente ofrecía solo cortos viajes dentro de Inglaterra, incluidas visitas a la Exposición Universal de Londres, pero pronto se decidiría a dar el salto al continente.




En el verano de 1863 organizó un tour a Suiza, un país pobre y desconocido para los ingleses, que a partir de entonces se pondría de moda y, gracias a sus enormes montañas, se asociaría con valores como el descanso o la salud. A este mítico viaje, que bien podría ser el primer tour organizado de la historia, se apuntaron siete personas, cuatro mujeres y tres hombres. Partiendo de Londres, los viajeros visitaron París y de allí se dirigieron a Ginebra y luego a Chamonix, donde visitaron la Mer de Glace, al pie del Mont Blanc. Desde allí volvieron a cruzar a Suiza, recorriendo las regiones del Valais y de Oberland, con localidades como Sion, Interlaken, Grindelwald (al pie de la cara norte del Eiger) o Lucerna. Iniciaron el regreso por Neuchatel, entrando de nuevo en Francia y volviendo a hacer escala en París. Los medios de transporte empleados en el viaje fueron el barco, el tren, la diligencia o las mulas. Incluso hubo tramos por Suiza que los viajeros tuvieron que realizar a pie.

Parece que en pocos años Suiza se dotó de infraestructuras turísticas a la última y se convirtió en un destino turístico la mar de popular. En la novela Tartarín en los Alpes, escrita por Alphonse Daudet y publicada en 1888, tan solo 25 años de aquel primer tour que Thomas Cook impulsó, nos encontramos este revelador diálogo:
- Suiza, hoy en día, señor Tartarín, no es más que un vasto Kursaal, abierto de junio a septiembre; un casino panorámico en el que viene a distraerse la gente de las cuatro partes del mundo y que es explotado por una compañía riquísima, dueña de centenares de millones de millones y que tiene sus centros en Ginebra y en Londres. Hacía falta dinero, como podrá usted comprender, para arrendar, engalanar y poner en estado de explotación todo ese territorio, lagos, bosques, montañas y cascadas; para pagar a un pueblo de empleados, de comparsas, e instalar sobre las más altas cimas hoteles estupendos, con gas, telégrafos y teléfonos.
- Es verdad, en efecto -dice Tartarín-, que recuerda el Rigi.
- ¡Que si es verdad...! Pero aún no ha visto usted nada... Avance un poco por este país. No encontrará un rincón que no esté truncado y maquinado como los fosos de la Ópera. Cascadas iluminadas a giorno, torniquetes a la entrada de los ventisqueros, y para las ascensiones muchos ferrocarriles hidráulicos o funiculares. Sin embargo, la compañía, pensando en su clientela, de ingleses y de americanos escaladores, conserva algunos Alpes famosos, la Jungfrau, el Monje, el Finsteraarhorn, su apariencia peligrosa y salvaje, aunque en realidad no hay más riesgos allí que en otra parte.
- No obstante, las grietas, querido, esas horribles grietas... ¿Se cae en ellas?
- Cae usted sobre la nieve, señor Tartarín, y no se hace daño; siempre hay abajo, en el fondo, un portero, un botones, alguien que le levanta, le sacude y le cepilla la nieve, y amablemente se informa: "¿El señor no trae equipajes?".

Hoy la empresa Thomas Cook no se parece en nada a la empresita puesta en marcha por su fundador hace más de siglo y medio. Se ha convertido en un gran operador turístico, una multinacional que cotiza en la Bolsa de Londres, posee una flota de un centenar de aviones y emplea a más de 30.000 trabajadores.
 

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